Aunque traté de taparle los oídos a mi menor hija de casi cuatro años tratando de protegerla de las terribles letras de la música actual, siempre habrá un niño, cuyos padres no supervisan lo que oye o baila, o la forma como influencian otros adultos o adolescentes en ellos. Y es que es un poco difícil, tratar de estar con ellos todo el tiempo, o controlar cada paso que dan, sobre todo si trabajamos fuera de casa en un horario convencional.

Entonces, al llegar del trabajo, mi pequeña Luciana, después de haber jugado con bloques, muñecas, dinosaurios y osos de peluche, me pide el celular para ver sus videos “favoritos”.

No pronuncia bien las palabras, pero You Tube hace su mejor esfuerzo en entender el ritmo que quiere bailar, que suena como pum pum pum, pam pam pam… Y que al final, después de mucho escucharla hablar, y pedir ayuda de la traductora oficial de infantes en casa, la hija mayor Camila, llegamos a entender. Quiere escuchar alguna melodía pegajosa que se promueve copiosamente.

Sería irracional explicarle a una niña de casi cuatro años, a detalle, las razones por las cuales no quiero que escuche tal o cual canción, sobretodo porque una niña de su edad, en el mejor de los casos, me prestará atención entre diez a quince minutos si aquello le resulta interesante. No es momento de discutir con ella, ni puedo ponerme en el plan de: Porque soy tu madre y punto. Lo que corresponde en ese momento es seleccionar los videos y bailar con ella. Si no deseo bailar, al menos verificar que lo que vea, sea adecuado para su edad.

Esa es y siempre ha sido una tarea de los padres, la supervisión y ello no ha cambiado porque la tecnología llegó a nuestras vidas. Tampoco voy a aislar a mi hija de la tecnología, sería lo más absurdo que se me podría ocurrir. La tecnología vive con ella.

Entonces, ¿qué nos corresponde? aprender a convivir sanamente con la tecnología lo que implicará su uso dosificado y es justamente en el entorno adulto por donde debemos empezar, dado que no es novedoso afirmar que, las más de las veces somos nosotros quienes hacemos un uso indiscriminado de la amplia gama de dispositivos que disponemos como los smartphones, tabletas, computadoras y Smart TV’s. Sino, cómo luego podremos corregir a nuestros hijos si nos vemos incapaces de darles un buen ejemplo. Consideremos siempre que todo lo que entra por los ojos se aloja en nuestra memoria sin esfuerzo mientras que cada consejo o pauta que damos a otros, al entrar por los oídos, tiende a dispersarse y retenerse con mayor dificultad. Nuestros hijos no olvidan lo que ven.

Es útil por ello frenar el uso irracional de estos dispositivos por parte de los adultos de la casa y planificar actividades que nos permitan tener control de esta situación:

  • Seleccionar horarios adecuados y vigilar de que estos se cumplan
  • Generar momentos de conversación con los más chicos de la casa para explorar juntos temas como el uso del celular, sus ventajas y desventajas para instar en ellos su espíritu crítico.
  • Dado que los más chicos son connaturales con la tecnología, rechazar sus propuestas seria desaconsejables pues sería rechazarlos a ellos. Es sano aproximarnos y entrar en ese mundo de soluciones y aplicativos para orientar y buscar que más allá del mero entretenimiento, conecten con desarrollos que además les aporten real valor.
  • Al darnos este tiempo para el intercambio que no nos sorprenda lograr que extrañen jugar con nosotros.

Parafraseando al gran Ernesto Montellanos, mentor, maestro y genio del marketing, el celular no es malo o bueno en si mismo, todo depende de aquel que lo lleve en sus manos y qué uso haga de él.

Autor: Natalie Saavedra – Master Tich

Ingeniera Química de profesión, escritora por vocación y mamá por amor. Productora de contenidos enfocada en la crianza de los hijos y el relacionamiento que debe existir para fortalecer los lazos familiares. Ha lanzado recientemente su primer cuento infantil: “Gabito, un gatito extraordinario”. Comparte consejos y contenido útil para madres activas con perfil digital.

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