Realizando las compras para el almuerzo, un sábado como cualquier otro, había recorrido ya unos tres establecimientos con tres bolsas en mano y a la menor de mis hijas en la otra. Al llegar a un puesto de venta de pollo, esperé mi turno, pues estaba atestado. Curioso me resultó que la amable señora que atendía su puesto, me sonriera y estirará una mano con una bolsa de asas para que yo guarde todas mis pequeñas bolsas dispersas. Insisto: me sorprendió este gesto porque es un hecho aislado que no había tenido oportunidad de experimentar antes en dicho recinto.

Cuando tocó mi turno, pedí cuatro piezas de milanesas, que estaban sazonadas con culantro finamente picado y especias, como podía visualizarse en la pieza de piedra donde las preparaba. Además me di tiempo de fijarme en cómo estaba vestida la señora, con un protector para su cabello en la cabeza y un mandil blanco, limpio, realmente preparada para atender a quienes como yo éramos sus clientes. Durante ese tiempo, mientras esperaba mi vuelto, vinieron señoras a recoger piezas de pollo condimentadas y piezas de pollo con determinada cantidad de cortes, por lo que asumo que sus atenciones caen bien a muchas personas que se tornan en clientes fieles.

Probablemente todas los puestos me ofrezcan el mismo precio por un producto. Pero la razón por la que volveré con esta señora, es por la buena experiencia que me vendió, a pesar de mantener la misma oferta que el resto de puestos similares.

Es muy probable que la señora del puesto 23 de la zona de carnes, tenga poca noción teórica de lo que es “branding” o “engagement” o UX (User experience), o siquiera nociones de marca personal. De repente no se ha puesto a pensar a conciencia y en profundidad por qué su puesto se llena de gente no pasando lo mismo con los siguientes, o quizá lo comentó con alguien en casa, sin mayores brillos. Quizá solo se trata de ella y de su forma de ser. Pero definitivamente ese espacio de venta quedará grabado en mi memoria y se que volveré a comprarle.

En algún momento, en otro lugar, tuve una experiencia desagradable a la hora del almuerzo cuando me tocó escoger el menú. Una señora que tenía la misma protección en la cabeza y el mandil blanco, tenía pocas ganas de atender a los comensales, era tan hosca a la hora de servir, no ofrecía ni medio plus, ni siquiera traducido en sonrisas; apenas si tuve contacto visual con ella, lamentable. Deseé simplemente no volver.

La marca personal tiene características de uno mismo y logra atraer y conquistar al público cuando uno hace la diferencia en forma positiva.

Veo casos de personas que por lanzarse a emprender buscan copiar marcas de la misma categoría de productos buscando obtener  el mismo efecto que ellos. Nada más alejado de lo correcto. Nada como explorarme y encontrar dentro de mí eso que me hace diferente del resto para mostrarlo y dar ese plus que el otro no tiene, es plus que es MI PLUS.

Seamos más como la señora del puesto 23 a la hora de ofertar un producto o servicio. Que la amabilidad y la buena onda sean parte de nuestra propuesta de valor. Porque en los pequeños detalles se define que tipo de impacto tendremos en los demás, y si se trata de desarrollar negocios, es eso lo que la gente finalmente comenta y hace que finalmente regrese o no.

 

Autor: Natalie Saavedra – Master Tich

Ingeniera Química de profesión, escritora por vocación y mamá por amor. Productora de contenidos enfocada en la crianza de los hijos y el relacionamiento que debe existir para fortalecer los lazos familiares. Ha lanzado recientemente su primer cuento infantil: “Gabito, un gatito extraordinario”. Comparte consejos y contenido útil para madres activas con perfil digital.

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